A 27 años de la muerte de Raúl “Chato” Padilla: así se convirtió en el entrañable Jaimito, el Cartero

  • El actor de comedia pasó prácticamente toda su vida actuando, cosa que le trajo experiencias buenas como recuerdos amargos de la infancia que no tuvo

Al oeste de Morelia, capital de Michoacán, a varios kilómetros (unos 165, aproximadamente) es posible llegar a un pueblo pequeño, uno que dista de ser más amplio que la enorme urbe de Nueva York; un pueblo con apenas 23 mil habitantes; un pueblo que no se caracteriza tanto por su turismo. Ahí, en ese lugar llamado Santiago Tangamandapio, de ir a su centro, hay una plaza donde está levantada una estatua de bronce puro inaugurada en 2012. Es un cartero de gesto amable, una barriga pronunciada, bigotón y que carga una enorme bolsa para llevar la correspondencia.

En la placa debajo de esta puede leerse el homenaje “En memoria de Jaimito el Cartero, a quien el pueblo de Tangamandapio le rinde homenaje póstumo por haber dado a conocer nuestro municipio a nivel internacional”.

Aquel cartero inocente, despreocupado y que nunca quería trabajar fue de los personajes más entrañables de Raúl “el Chato” Padilla. Mismo con el que tenía en común la enorme amabilidad con la que trataba a los integrantes de la emblemática vecindad en El Chavo del 8, como aquella con la que lo recuerdan hasta la fecha todos los compañeros con los que compartió sets de grabación, así como la familia que formó.

Era un actor comprometido, multifacético, caracterizado por lo profesional que era, pero que siempre tuvo una mayor preferencia por la comedia que por el melodrama. Nació en Monterrey el 17 de junio de 1918. A pesar de lo bueno que siempre fue en su profesión, el propio Chato llegó a mencionar varias veces que su oficio fue más una imposición que un deseo propio.

Para fortuna o desfortuna de Raúl, nació en una familia con bagaje artístico. Su padre, Juan Padilla, era dueño de una compañía de teatro que llevó al Chato a incursionar en la actuación a temprana edad y, aun más, a vivir de este arte incluso desde antes de tener conciencia plena. Aseguró que él no aprendió a caminar en una casa, ni en un parque, ni en alguno de los lugares comunes donde hacen el resto de las personas cuando son pequeños. No. Él lo hizo en una de las escuelas de su padre, de quien tuvo que tomar clases de actuación a los 4 años.

Si bien Raúl Padilla jamás pareció resentido por la decisión que tomó su padre por él y que lo marcaría de por vida, siempre fue transparente al decir que, por dedicarse a la actuación, no vivió una infancia normal, ni siquiera tuvo la oportunidad de vivir lo que muchos otros hacen en esta etapa de desarrollo.

“Mis primeros años no fueron más que teatro, teatro y teatro. Hoy me doy cuenta de que la vida de todos ha sido normal; la mía no. Mi vida ha sido aburrida, no como la de otro chico”, dijo hace muchos años, mientras recordaba a la perfección la fecha en la que su vida fue entregada a la actuación: el 3 de septiembre de 1923.

La consecuencia de todos esos años en teatro fueron fortuitos para el actor, puesto que en alguna de sus varias puestas en escena compartió escenario con Carlos Villagrán, mejor conocido como Quico en El chavo del 8. Si bien nunca compartieron grabaciones en el programa más famoso de Chespirito, siempre quedó marcado que mantuvieron una buena amistad, tal como Raúl Padilla solía tener con todos sus compañeros de trabajo con quien, por lo menos, tenía un trato siempre cordial.

Estuvo en La dueña, El usurpador, El corrido de Lupe Reyes… los melodramas no eran su sitio. Tampoco lo fue en la pantalla grande con películas como Caballo prieto azabache. Nunca fue mal actor, pero tampoco pertenecía por completo ahí. Su mayor esplendor era alcanzado en El mundo de Luis Alba, en Los Polivoces, en El Circo de Capulina. La comedia era donde tenía mejor presencia, donde había soltura y donde Raúl el Chato Padilla sería más recordado.

Así fue como cruzó caminos con Roberto Gómez Bolaños, mejor conocido como “Chespirito”. Fue en 1979, algunos registros apuntaron a que ocurrió en un sketch de El chapulín colorado donde tuvieron que trabajar juntos por primera vez y de ahí en adelante, tras desarrollar otra buena amistad, el Chato sería llamado por Chespirito para sus proyectos televisivos. Ahí es cuando nace el querido Jaimito el Cartero.

En alguna ocasión el Chavo le preguntó a Jaimito si sabía dónde vive Santa Claus, a lo que el cartero despistado respondió con seguridad que sí: vive en Tangamandapio. “En una montaña que hay al lado de Tangamandapio. ¡Es una montaña muy alta!, ¡muy alta! Y mero arriba tiene una casita blanca ¡bonita, bonita, bonita con su tejas rojas!”, le relató Jaimito con su voz emocionada, mostrando el cariño por su pueblo natal en frente de Chavo quien le veía con emoción. Era como ver a un abuelo contándole historias de juventud a su nieto.

Así recordarían al personaje de Raúl Padilla, mismo que pudo haber llegado en la etapa final del programa de comedia más famoso en México, que no tuvo tantas apariciones, que más bien era para sobrellevar la salida de Quico y de Don Ramón del programa. Y sin embargo, se ganó los corazones de los espectadores mexicanos e internacionales por su apariencia adorable, su personalidad despreocupada, por su maldición de llevar a diferentes lados una bicicleta que no sabía usar porque “en Tangamandapio todos iban a pie” y con su afán de no trabajar por querer “evitar la fatiga”.

Era un personaje diferente a los que hacía, pues basta ver cualquier fragmento del simpático Jaimito que a veces era tímido, pero a veces con un toque pícaro entre toda su presencia ingenua. No obstante, en otros de sus personajes era imponente, extrovertido. Como el de aquel licenciado malhumorado en El ministro y yo, donde le grita con enorme estruendo al personaje de Mario Moreno “Cantinflas”. O como Raúl Morales en Los Caquitos, donde era el jefe de la comisaría que debía poner el orden.

Como actor, entabló buenas amistades e inspiró respeto entre sus colegas. Roberto Gómez Bolaños lo recordaba en sus libros autobiográficos: “Se sabía la letra como nadie. Nunca repetíamos escenas por algún olvido de él. Tenía mucha facilidad para recordar fechas y datos importantes. Era muy respetuoso y disciplinado”.

Como esposo logró formar una familia estable al lado de la actriz Lili Inclán, con quien estuvo casado hasta su muerte y con quien tuvo 3 hijos: José Luis, Aurelia y Raúl, siendo este último otro actor de comedia mejor conocido como “El Chóforo”.

Y si Raúl el Chato Padilla empezó su vida en la actuación, vivió por y para la actuación, también murió en la actuación. Sería el 3 de febrero de 1994 cuando, durante una grabación en compañía de Chespirito, el actor dio su último respiro luego de haber tenido una serie de complicaciones a causa de la diabetes que tenía desde hace tiempo. Bolaños lo recordaría en otra de sus biografías. Tenía bien presente cómo fue ese día que estuvo con su amigo:

“Después de grabar lo estuve esperando en la escalera para demostrarle que yo también podía brincar desde el quinto escalón de la escalera. Pero no bajaba. Entonces subí para ver si le pasaba algo y lo que pasaba es que ya estaba muerto. Tenía los ojitos cerrados, como si nomás estuviera durmiendo. Hasta parecía que estaba soñando algo bonito, tenía cara de estar contento. Pero no puede ser, porque ni modo que le diera gusto morirse. O quién sabe, porque Jaimito siempre decía que quería evitar la fatiga… o sea que ya evitó la fatiga para siempre”.

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